Mi yo más primario en Ometepe

20141126_172137 (1)Cuando se llega a un lugar desconocido, las primeras horas son contradictorias. Estamos expectantes ante la novedad, pero también esperamos que no nos defraude. Lo que sentí en Ometepe, esta pequeña isla doblemente volcánica del lago de Nicaragua, fue una atracción fatal.  Atracción porque desde que bajé del transbordador y puse un pie en su suelo noté la magia que desprende y fue fatal porque me arrastró a no querer marcharme. De hecho sólo vi una pequeña parte y volver es casi una obsesión.

Si me preguntan qué hay en Ometepe responderé que no hay nada pero lo tiene todo. No tiene las comodidades a las que solemos estar acostumbrados, pero guarda la pasión de los lugares de antaño. No existe el desarrollo como últimamente lo conocemos, ni se encuentran todos los caminos transitables, pero de vez en cuando hay Internet hasta en las fincas más remotas. Si se busca comodidad turística, alejarse de lo más primario, animales domesticados, naturaleza ordenada y un servicio de transporte organizado entonces mejor no acercarse a la isla. Para recalar aquí es necesario llegar ligero de equipaje y dejar atrás los prejuicios, las quejas comunes y las molestias innecesarias. Solo hará falta un buen repelente de mosquitos, unas buenas piernas para largas caminatas y la ilusión de sentirse niño de nuevo.

Durante tres breves días en la isla, me encontré con mi yo más primario. Descubrí que todavía existen parajes humildes de gentes amables y trabajadoras. Sabores  naturales producidos en la tierra fértil. Conversaciones filosóficas a la luz de las velas. Lugares bellos donde la electricidad y el agua son bienes preciados. Donde los niños juegan en los caminos con sus caballos, cerdos y pollos. Donde te saludan sonrientes: Buenos días! Dice todo el mundo a todo el mundo aunque detecten tu condición de extranjera. Hay pocos autos y los que transitan no sobrepasan los sesenta kilómetros por hora. Sólo pasan tres buses diarios cuyo horario cambia según la ruta y desplazarse de un lugar a otro es la aventura del día. Unos caminos donde de vez en cuando para una moto y se ofrecen a darte un ride para llevarte a tu destino.

Me encontré con mi yo más primario en una playa solitaria de la falda del volcán Maderas. Mientras observaba la puesta del sol frente al volcán Concepción. Cuando escalaba con dificultad hacia una cascada remota y perdida. Cuando caminaba entre selva y silencio, sola y sin miedo, en busca de la nada. Me acompañaban en el camino una familia de monos y unas cuantas urracas. Tampoco me importunó el bebé murciélago que se asustó cuando abrí la puerta de un baño. Incluso el miedo infantil apareció en forma de tarántula. En contra de lo esperado superé el susto.

Y el gran regalo vino de la mariposa. Una soleada mañana, ceca de un charco verde donde acuden a beber, me vi rodeada de cientos de mariposas de bellos colores. Sin moverme, aspiré fuerte y retuve el momento y sus tonalidades. Intenté, sabiendo que era imposible, que se detuviesen en mi mano. La azul era la más escurridiza. Ahí sucumbí a mis recuerdos y me sentí de nuevo una niña. El huerto de naranjos, el pozo de agua fresca, el olor intenso del azahar, jugar y refrescarnos en la canal, las mariposas blancas, mi querida abuela al mando, la amabilidad y risa de mi madre. Todo ello regresó de golpe y me siguió en cada rincón de la isla. ¿La tranquilidad del alma? No sé. La magia de la naturaleza, quizás. La pasión más primaria, puede. Ningún lugar me había acercado tanto a la perfección de la infancia como Ometepe.

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