Managua, sufrido contraste

Dos semanas he necesitado para asentar las primeras impresiones sobre la capital nicaragüense. Antes de mi llegada había intentado informarme. Con diversas fuentes. Internet, libros, guías turísticas, gente que había estado en el país, documentales, películas y enciclopedias. Y de todo, lo que más me sorprendió fue la falta de información sobre Managua. Al menos información actual. Quitando de alguna guía turística actualizada, la información sobre la capital es realmente limitada y siempre incurre en lo que pudo haber sido y no fue debido al terremoto que la destruyó en los años 70. Y en general, la he visto definida como una ciudad fea, desestructurada, no muy segura y de poco atractivo. Quizá sea todo eso si lo comparamos con otros rincones del país o con otras capitales del mundo, pero me gusta pensar que cada lugar posee su propio encanto.

Bien, tras dos semanas de altibajos emocionales, pasando por estados de euforia y de odio hacia esta nueva urbe centroamericana, la ciudad me va sorprendiendo. Muy gratamente en ocasiones, y me deja sobrecogida y sin habla en otras. Es un abanico de contrastes constante. Es como un pueblo grande anclado en el pasado y lo rudimentario, pero que va adquiriendo la modernidad por sus costados. Verde por doquier. Sin apenas edificios altos. Infinitamente tranquila y silenciosa. De gentes humildes y mirada escondida. O de gentes pudientes que son los señores. Y en el centro nada. Grandes mercados populares con todo tipo de vituallas para las masas o centros comerciales con productos importados para los pudientes.

Una catedral medio derruida en su centro abandonado por las ruinas de antaño y bellas urbanizaciones en nuevas áreas residenciales. Grandes esculturas adornan algunas de sus avenidas y rotondas, iluminándose noche tras noche en un festival de glamour. Mientras, parte de la población se acuesta sin luz. Guaguas atiborradas que suben y bajan con esfuerzo las colinas en medio de un calor abrasador. Taxis cochambrosos con mini ventiladores para soportar ese calor. O todoterrenos privilegiados con las ventanillas cerradas y los cristales ahumados. Los únicos viandantes que se atreven a exponerse al potente sol y que caminan por sus avenidas son aquellos que intentan ganar alguna moneda vendiendo baratijas o  limpiando cristales de los coches en los semáforos. Me sobrecojo cuando son niños los que se acercan.

Y me sorprendo de nuevo al observar otras caras del país. Restaurantes de gran variedad gastronómica donde el menú está en dólares americanos. Un servicio al cliente impecable y exquisito. Trabajadores discretos y eficientes. Locales insertados en medio de bellos parajes. Campos universitarios repletos de jóvenes vivaces. Lagos inmensos y lagunas embarradas. Flores de colores brillantes. Amabilidad y respeto hacia el extranjero. Mentalidades dispares y chocantes costumbres. Lenguaje en ocasiones incomprensible. Hombres y mujeres que no son iguales…

En Managua este contraste se vive de forma sufrida y resignada por sus gentes. El nica se siente orgulloso de ser nica. Luchan por tirar hacia adelante. En medio de un duro clima que les curte ante la adversidad. Sonríen ante todo, ya sea una eventualidad o una broma. Si eres hombre, las mujeres nicas te sonríen dos veces y más largamente. Yo no tengo esa suerte, porque soy mujer. A mí, los hombres nicas me dicen: Bienvenida a Nicaragua, que le vaya bien!

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2 comentarios

  1. Me encanta leer tus articulos y este de managua es muy bonito….sigue así

  2. Muchas gracias! Lo intentaré…;)

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